Hace años que en el Estadio de La Palmera se advierte un murmullo en la grada cada vez que el Betis está ganando, se acerca el final del encuentro y el equipo rival se acerca a nuestro área. Ese murmullo demuestra la desconfianza de muchos aficionados. Presentimos que los puntos acabarán volando. A veces, afortunadamente, nos equivocamos.Sin embargo, lo que cada vez parece más claro es que por una parte, esa desconfianza hace mella en los jugadores, que acaban contagiados del miedo que se transmite desde la grada, pero por otra esos jugadores (sobre todo los centrales) no saben gestionar esa presión, y les está costando caro. Nos está costando caro. No sólo se trata de los puntos que dejamos de cosechar (ya veremos que falta nos hacen), ni de la impotencia que deben sentir los goleadores en esos partidos al ver que su esfuerzo no vale para ganar. Lo peor es que se está alimentando un círculo vicioso: la desconfianza lleva al miedo, el miedo al nerviosismo, éste al error, el error al fracaso, y el fracaso refuerza la desconfianza. Tan arraigado está ya este mecanismo en el vestuario, que incluso sucede fuera de casa, como en este último 0-3 en Mallorca.
Ya ni siquiera importa cuántos goles de ventaja tengamos a favor, porque si aparece la desconfianza, el 'descontrol' no termina hasta que la victoria se esfuma. En términos psicológicos, este fenómeno se conoce como AUTOPROFECÍA. Consiste en un pensamiento negativo que el sujeto (o sujetos, en este caso, incluídos también los que estamos en la grada) de forma inconsciente acaban convirtiendo en realidad para luego reafirmarse (lo ves, te lo dije!).
Supongo que la solución no es sencilla, pero seguro que debe incluirnos a todos. A los jugadores, quizás les haga falta trabajar junto a un especialista en psicología deportiva (visto que ninguno de los actuales componentes del cuadro técnico puede manejar este asunto), y también dejarse ayudar por aquellos compañeros que todavía tienen fuerzas para 'tirar del carro'. En cuanto a nosotros, los aficionados, quizás debamos cambiar ciertos hábitos para trasmitir a los nuestros otro tipo de mensajes. Yo prometo hacerlo desde ahora.
Lo dicho... todos al psicólogo! Por cierto, Lopera ponte bueno.
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